En el Salón de Ginebra de 1989 vió la luz la cuarta generación de la deportiva y lujosa gama SL de Mercedes. La gama estaba compuesta por tres versiones; 300 SL, 300 SL-24 y 500 SL, siendo la última la más espectacular, tanto en prestaciones como en estética.

La nueva generación SL crecía respecto a la anterior 10 cm, situando su longitud en 4,47 m. La carrocería monocasco había sido reforzada para que el descapotable tuviese una más que suficiente rigidez torsional, además tras las plazas traseras existía un protector antivuelco camuflado, que controlado por un sistema electrónico , se desplegaba en fracciones de segundo para poteger a los ocupantes en caso de accidente. Para cuidar a los pasajeros de las inclemencias del tiempo, el 500 SL utilizaba una capota de lona que se desplegaba automáticamente en 30 segundos, no obstante, para protegerse de los inviernos más fríos, se entregaba de serie un techo rígido del mismo color que la carrocería, cuyo único inconveniente era el gran espacio necesario para guardarlo en la cochera.

El motor era el mismo que montaba la anterior generación, aunque rejuvenecido mediante un nuevo sistema de inyección y distribución, que elevaba su potencia hasta los 326 CV, casi 100 CV más que para la generación anterior, permitiendole alcanzas los 100 km/h en tan solo 7,2 segundos. Tecnológicamente la serie SL montaba gran cantidad de elementos de seguridad inusuales en su época, como el protector antivuelco antes mencionado o los Airbags. Además para mantenerse pegado al suelo equipaba un corrector de equilibrio aerodinámico y amortiguadores autoajustables.
